Brasil decide este domingo en las urnas entre dos modelos contrapuestos, los que representan el presidente Luiz Inácio Lula da Silva (izquierda) y el senador Flávio Bolsonaro (ultraderecha), que a su vez definirán el futuro de la democracia en el país y la relación de Latinoamérica con EEUU.
El Brasil de Lula es una excepción en la región, donde hay gobiernos cada vez más conservadores y alineados a las políticas del presidente de EEUU, Donald Trump. La entrada de estos países en el «Escudo de las Américas», una alianza en materia de seguridad propuesta por Washington, es el último ejemplo de esa creciente afinidad.
Lula, líder del Partido de los Trabajadores (PT), propone independencia frente a las injerencias externas y soberanía para decidir, sobre todo en relación a cómo explotar las riquezas naturales del país, como los minerales críticos y las tierras raras. Buena parte de la narrativa de la izquierda en esta campaña se ha basado en la idea de que «Brasil es de los brasileños».
El hijo del expresidente Jair Bolsonaro (2019-2023), en cambio, propone aliarse con EEUU como socio preferente, lo que sus rivales califican de entreguismo, y trabajar mano a mano para combatir el crimen organizado, incorporando algunas decisiones controvertidas de la Casa Blanca, como la que clasifica a las facciones del narcotráfico como organizaciones terroristas.
Si finalmente Brasil, el mayor PIB y la mayor democracia de la región, se decanta por la derecha, Trump contará con un continente (a excepción de México y Uruguay) en el bolsillo; si Lula resiste, le tocará ser la voz disonante y en una situación doméstica muy complicada, dado que el Congreso Nacional estará en manos de la derecha.
Las elecciones legislativas del 4 de octubre fueron un éxito rotundo del bolsonarismo, que creció a costa de la derecha moderada. Al elegir presidente, los brasileños también decidirán si refuerzan esas mayorías con un presidente del mismo color o si optan por equilibrar la balanza y no dar un poder desmesurado a las fuerzas conservadoras.
Muchos analistas y líderes políticos progresistas plantean estas elecciones casi como un plebiscito entre «democracia y dictadura», porque temen que, si gana, el actual senador del Partido Liberal aproveche la mayoría parlamentaria para terminar el proyecto autoritario que su padre, preso por intentar un golpe de Estado, no consiguió materializar durante su mandato.
La visión entre los dos aspirantes es opuesta en muchos aspectos: Lula tiende a priorizar el gasto en salud y educación y defiende que se mantengan y amplíen programas sociales y becas que han sacado de la pobreza a millones de brasileños.
Flávio Bolsonaro no habla abiertamente de «sacar la motosierra». Promete un corte importante del gasto para reducir el déficit público, pero no explica cómo piensa ejecutarlo.
Las políticas para la cultura, las mujeres, el colectivo LGTBQ+ o el medio ambiente también tienden a ser dejadas de lado en un eventual gobierno ultraderechista. Este último ámbito es especialmente importante, porque Brasil alberga la mayor parte de la Amazonía, clave para el futuro del clima del planeta.
En los últimos cuatro años Lula recuperó los planes de combate a la tala ilegal en la selva y ha logrado reducir la deforestación en un 71 por ciento, llegando a los índices más bajos en casi 40 años.
Flávio Bolsonaro, en cambio, promete recuperar las ideas de su padre y flexibilizar la legislación ambiental para dar más libertad a los propietarios rurales.
En los años del patriarca del clan ultraderechista, esos cambios legales y la permisividad ante los delitos ambientales provocaron que la deforestación se disparara un 60 por ciento.
Los ambientalistas temen que si vuelve la ultraderecha la Amazonía pierda su última oportunidad, ya que los científicos alertan de que la degradación de la selva tropical está a punto de llegar al punto de no retorno.
Este domingo Brasil celebra la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en las que algo más de 158 millones de personas están habilitadas para votar.
El gigante sudamericano define entre la continuidad de la izquierda y el regreso de la ultraderecha bolsonarista.
El candidato que obtenga más del 50 por ciento de los votos válidos asumirá la presidencia el 5 de enero para un mandato de cuatro años. (Sputnik)







