A cuatro décadas de su lanzamiento, Oktubre sigue siendo una obra fundamental del rock argentino. Publicado en octubre de 1986, el segundo disco de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota reunió nueve canciones que consolidaron la identidad de la banda y dejaron una huella profunda en la cultura popular.
Con el Indio Solari y Skay Beilinson como principales referentes, el grupo dio un paso decisivo en su recorrido artístico. Las heridas de la dictadura, las tensiones políticas y los temores de la Guerra Fría encontraron eco en un álbum de atmósfera inquietante, atravesado por imágenes de violencia, desencanto y resistencia.
Después de Gulp!, su debut discográfico, Los Redondos todavía transitaban el circuito independiente. Sus presentaciones habían comenzado a alejarse de aquellos espectáculos que mezclaban música, teatro y monólogos de Enrique Symns para concentrarse cada vez más en las canciones.
Grabado en los estudios Panda de Buenos Aires, con Osvel Costa como técnico de sonido, Oktubre desarrolló una propuesta de guitarras filosas, climas densos y una sonoridad cercana al postpunk. El rock clásico y la experimentación también formaron parte de una búsqueda que terminaría definiendo una etapa clave del grupo.
El repertorio incluyó Preso en mi ciudad, Música para pastillas, Motor Psico, Semen-Up y Divina TV Führer, canciones que se incorporaron al universo ricotero. También apareció Jijiji, que con los años se convertiría en uno de los grandes himnos del rock nacional y en el momento más esperado del pogo multitudinario de sus recitales.
Las letras de Solari desplegaron personajes marginales, referencias políticas e imágenes abiertas a distintas interpretaciones. La amenaza nuclear, la manipulación mediática, las drogas y el malestar social atravesaron un trabajo que logró capturar parte de la incertidumbre de los años ochenta.
La identidad visual fue otro de sus sellos. Ricardo Cohen, conocido como Rocambole, creó una portada con multitudes y banderas, inspirada en la iconografía revolucionaria soviética. El rojo, el negro y el gris dieron forma a una imagen que terminaría multiplicándose en remeras, murales y banderas.
En la contratapa, la Catedral de La Plata en llamas completó una propuesta cargada de simbolismo. Según explicó Rocambole años después, las ideas surgieron de conversaciones con el Indio, quien imaginaba escenas de multitudes y banderas. Las referencias a la Revolución Rusa convivían con resonancias de la historia argentina.
El sonido del disco también despertó diferencias. El saxofonista Willy Crook cuestionó posteriormente el uso de la reverberación, un recurso que contribuyó a esa sensación distante y opresiva que caracteriza al álbum.
Con el paso de las décadas, Oktubre trascendió a su propia época. Sus canciones y su arte de tapa se transformaron en símbolos de una comunidad que encontró en Los Redondos una forma de pertenencia.
A 40 años de su aparición, el disco conserva su potencia musical y su capacidad de generar nuevas lecturas. Sus nueve canciones siguen acercando generaciones a una obra decisiva en la construcción de la mística ricotera.






