Su irrupción con El desatino en 1965 marcó un quiebre en un ámbito dominado por hombres y por el realismo social. Gambaro introdujo el absurdo, la crueldad y la amenaza como lenguajes teatrales, construyendo un territorio propio donde las relaciones de poder y sometimiento se desplegaban desde lo familiar hasta lo social. “Yo creo que no le pedí permiso a nadie”, recordaba sobre aquellos comienzos.
Durante la dictadura, su novela Ganarse la muerte fue prohibida y la autora partió al exilio en Barcelona junto a su familia. Regresó con fuerza en 1981 como parte de Teatro Abierto y un año después estrenó La malasangre, obra que se convirtió en un clásico del teatro argentino. Allí resonó la frase de Dolores: “¡Yo me callo, pero el silencio grita!”, símbolo de resistencia frente al autoritarismo.
La situación de las mujeres fue una preocupación constante en su obra. Gambaro cuestionó los modelos masculinos de poder y valoró la lucha de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo como una forma distinta de política. También dialogó con los clásicos en piezas como Antígona furiosa y La señora Macbeth.
Reconocida con premios Argentores, Konex y el Nacional de Teatro, fue la primera escritora en inaugurar la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires en 2005. De perfil bajo, prefería escribir a mano y cuidar su jardín en Don Bosco.
Su reflexión sobre la trascendencia resume su mirada: “Cuando estoy frente al mar, pienso: si la Tierra no se destruye, el mar va a estar. Cuando yo no esté, el mar va a estar. Esa es la trascendencia. El mar va a estar”.
Griselda Gambaro ya no está, pero su teatro sigue siendo un espacio donde lo que la sociedad intenta callar puede, finalmente, hacerse escuchar.







