Cada año, millones de prendas descartadas en Europa recorren miles de kilómetros hasta terminar en el desierto de Atacama, junto a la ciudad de Alto Hospicio. Allí se levanta una montaña textil de más de 60.000 toneladas, tan grande que ya es visible desde imágenes satelitales.
El circuito comienza en el puerto de Iquique, donde ingresan cargamentos de ropa usada procedentes de Europa, Asia y Norteamérica. La Unión Europea concentra el 30% de las exportaciones globales de textiles desechados, y gran parte de ese flujo termina en Chile. Cuando las prendas no encuentran comprador en las zonas francas, quedan abandonadas sin que nadie asuma el costo de retirarlas.
El problema no se limita a la acumulación: muchas prendas son quemadas o enterradas, liberando compuestos tóxicos derivados del poliéster y contaminando aire y agua. Los vecinos de Alto Hospicio denuncian que deben encerrarse en sus casas durante los incendios textiles, mientras el suelo queda cubierto de restos fundidos que parecen petróleo solidificado.
La ONU calificó la situación como una “emergencia ambiental y social para el planeta”. La justicia chilena responsabilizó al Estado por omisión y ordenó un plan de reparación ambiental a diez años, aunque el fallo fue apelado y aún no es definitivo.
Mientras tanto, por Iquique ingresan cada año entre 120.000 y 180.000 toneladas de ropa usada, consolidando a Chile como el cuarto importador mundial de indumentaria de segunda mano y alimentando sin pausa el vertedero del Atacama.
Los expertos advierten que duplicar la vida útil de cada prenda reduciría un 44% las emisiones de gases de efecto invernadero, pero la moda rápida sigue imponiendo su lógica de consumo desechable.







