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Lo que queda cuando el petróleo se va: caminar por el Comodoro que YPF dejó atrás

Un relato personal y ambiental sobre las huellas que persisten en la ciudad tras más de un siglo de historia petrolera, entre espacios abandonados, identidad comunitaria y desafíos de futuro.

by Cecilia
septiembre 2, 2026
in Sociedad
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Lo que queda cuando el petróleo se va: caminar por el Comodoro que YPF dejó atrás
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Por Javier Samaniego

Hay una zona de Comodoro Rivadavia por la que paso seguido. No hace falta que diga cuál. En esta ciudad, casi todos tenemos una.

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Un predio con el logo desteñido de YPF en algún portón. Un gimnasio que alguna vez tuvo luces encendidas los sábados. Un club que fue punto de encuentro. Galpones que hoy son apenas siluetas oxidadas contra el viento. Vehículos que alguna vez estuvieron en movimiento y que ahora permanecen detrás de un alambrado, como si también estuvieran esperando que alguien decida qué hacer con ellos.

No son ruinas de una civilización antigua. Son de hace treinta, cuarenta años. Las construimos nosotros. Las usamos nosotros. Y también las vimos apagarse nosotros mismos, casi sin darnos cuenta.

Quizás eso sea lo que más impresiona: no estamos mirando un pasado lejano. Estamos caminando entre cosas que todavía reconocemos.

Una ciudad que aprendió a vivir alrededor del Petróleo.

Comodoro Rivadavia nació, en gran medida, a partir de aquel descubrimiento de petróleo de 1907. Pero decir que el petróleo solamente generó puestos de trabajo sería quedarse demasiado corto.

Durante décadas, alrededor de la actividad petrolera se construyó una forma de vivir. Barrios. Clubes. Gimnasios. Espacios recreativos. Escuelas. Infraestructura. Lugares donde las familias se encontraban y donde una comunidad podía construir algo parecido a una vida en común.

YPF no fue solamente una empresa que extraía petróleo. Para muchas generaciones, fue también parte de la construcción social de la ciudad.

Y eso explica por qué su huella no desaparece simplemente cuando una operación deja de funcionar.

“La infraestructura queda. Los recuerdos quedan. Los terrenos quedan. El paisaje queda. Y también quedan preguntas.”

Yo tampoco nací acá

Escribo esto como comodorense. Aunque no nací en Comodoro. Llegué, como llegaron tantos otros a lo largo de la historia de esta ciudad y llevo más de veinte años viviendo acá. Durante ese tiempo intenté irme dos veces, y las dos veces, de alguna manera, la ciudad me volvió a traer.

Con los años entendí que hay lugares que primero habitás y después, casi sin darte cuenta, empiezan a habitarte a vos. Comodoro se fue convirtiendo en mi lugar.

Acá hice parte de mi vida, acá están mis recuerdos, acá están mis hijos. Por eso nunca entendí demasiado esa idea de que alguien puede ser menos comodorense simplemente porque nació en otro lugar.

Comodoro siempre fue una ciudad hecha de gente que llegó desde otros lados, personas que vinieron buscando trabajo, oportunidades, un futuro distinto o simplemente una posibilidad.

Algunos se quedaron, otros se fueron. Pero todos, de alguna manera, dejaron algo.

Una ciudad no solamente se construye con quienes nacen en ella. También se construye con quienes deciden quedarse.

Cuando una actividad cambia, una ciudad también cambia

Por eso la salida de YPF de buena parte de las áreas de la Cuenca del Golfo San Jorge no debería mirarse solamente como una decisión empresarial. Tampoco como un dato más dentro de una discusión sobre producción.

Porque cuando una actividad que durante generaciones estuvo tan profundamente vinculada con una ciudad cambia de escala, de presencia o de protagonismo, también cambia algo en la vida cotidiana.

Se nota en el movimiento, en los espacios que dejan de utilizarse, en los lugares que se cierran. En las familias que tienen que adaptarse, en los comercios, en los barrios.

Y también en algo más difícil de medir: el ánimo de una comunidad.

No significa que el petróleo haya desaparecido. ¡No desapareció!

La actividad continúa. Hay empresas que siguen trabajando, proyectos, inversiones y nuevas expectativas. Pero una cosa es que el petróleo siga existiendo, y otra muy distinta es que la ciudad sienta que ese petróleo todavía forma parte de un proyecto colectivo.

Lo que queda detrás del alambrado

Hay algo que me genera una particular incomodidad cada vez que paso frente a estos lugares. El alambrado, no por el alambrado en sí mismo, sino por lo que representa.

De un lado estamos nosotros, los que vivimos la ciudad, del otro, están espacios que alguna vez fueron pensados para formar parte de la vida de esa misma comunidad. Clubes, Terrenos, Galpones, Instalaciones, Vehículos. Pedazos de una historia industrial que ahora parecen suspendidos en el tiempo.

Y mientras discutimos quién debería administrar esos espacios, qué destino deberían tener o a quién pertenecen, el tiempo sigue pasando. El viento sigue haciendo su trabajo, la corrosión también. Y hay algo que me preocupa más que quién tiene razón en una discusión administrativa:

que dentro de algunos años ya no tengamos nada que discutir porque simplemente dejamos que se pierda.

“El problema no es solamente quién tiene esos espacios. El problema es qué hacemos con ellos antes de que el tiempo decida por nosotros.”

¡No hace falta haber trabajado en YPF para que esto nos pertenezca!

 

No tengo familiares directos que hayan trabajado en la empresa. Pero no necesito ese vínculo para sentir que esta historia también me atraviesa.

Porque en Comodoro el petróleo nunca fue solamente petróleo. Fue paisaje, fue empleo, fue crecimiento. Fue identidad, una manera de entender la ciudad. Y también fue una manera de imaginar el futuro.

Por eso, cuando algo de esa historia desaparece, no desaparece únicamente una actividad económica. Desaparece una parte del paisaje conocido.

Y quizás por eso duele ver ciertos lugares abandonados. Porque no estamos viendo solamente vehículos oxidados o edificios vacíos. Estamos viendo una parte de nuestra propia historia.

Cuando aprendí a mirar la ciudad de otra manera

Hay algo que cambió mi manera de observar todo esto, mi formación en Gestión Ambiental.

Empecé a encontrar palabras para cosas que antes solamente sentía, una de ellas es zona de sacrificio. ¡Es un concepto fuerte!

Habla de territorios que soportan durante mucho tiempo los costos ambientales y sociales de actividades que generan riqueza, muchas veces para otros lugares o para otras escalas de decisión.

No pretendo decir que Comodoro pueda explicarse solamente con ese concepto, sería demasiado sencillo. Nuestra historia es mucho más compleja. Pero a veces las palabras sirven para ponerle nombre a algo que uno ya veía.

Y cuando camino por determinados sectores de la ciudad, veo justamente eso:

Una ciudad que dio recursos. Que generó riqueza. Que sostuvo durante décadas una actividad estratégica para el país. Y que ahora tiene que preguntarse qué hacer con las huellas que esa historia dejó.

No solamente con los pasivos ambientales. También con los espacios. Con el patrimonio. Con los terrenos. Con la infraestructura. Y, sobre todo, con las personas.

¿Y si dejamos de preguntarnos qué se va y empezamos a preguntarnos qué queremos construir?

No se trata solamente de preguntarnos qué se va, sino qué queremos hacer con lo que queda y qué territorio queremos construir.

Quizás esta sea la parte más difícil. Porque es mucho más fácil hablar de lo que perdimos que imaginar lo que todavía podemos construir. Yo sueño con otra Comodoro.

No con una ciudad que reniegue de su historia petrolera. Todo lo contrario.

«Una ciudad que sea capaz de reconocerla, conservarla, aprender de ella y transformarla en otra cosa».

La idea de que los recursos de un territorio pueden convertirse en una ciudad que ofrezca futuro.

Una ciudad que tenga infraestructura de primer nivel.

  • Que cuide su costa.
  • Que recupere sus espacios abandonados.
  • Que transforme su patrimonio industrial en parte de su identidad.
  • Que genere nuevas actividades económicas.
  • Que aproveche el conocimiento que durante décadas produjo la industria.
  • Que pueda hablar de energía, tecnología, ambiente, turismo, innovación y desarrollo sin tener que elegir entre una cosa y la otra.

Y, sobre todo, una ciudad donde nuestros hijos quieran quedarse.

Mis hijos aman esta ciudad. Aman el viento. Aman las playas. Aman su barrio. Aman esas calles que suben y bajan como si el trazado urbano respirara. Y aman ese Cerro Chenque que para quienes vivimos acá dejó hace mucho de ser solamente un accidente geográfico.

Es parte de nuestra identidad. Cuando pienso en el futuro de Comodoro, pienso en ellos. Quiero que cuando sean grandes puedan mirar esta ciudad y sentir el mismo orgullo.

Pero no solamente por lo que fue. Quiero que puedan sentirse orgullosos de lo que fuimos capaces de hacer después.

La ciudad nació de un pozo. El futuro no tiene por qué depender de él.

No escribo esto desde la nostalgia. Tampoco desde el rechazo al petróleo, y mucho menos desde la idea de que todo tiempo pasado fue mejor.

Escribo porque creo que Comodoro todavía tiene una enorme oportunidad. Pero para aprovecharla primero tenemos que mirar de frente aquello que estamos dejando atrás, los galpones, los clubes, los terrenos, los vehículos, las instalaciones.

Los espacios que alguna vez estuvieron llenos de personas y que hoy permanecen detrás de un alambrado. No para quedarnos mirando las ruinas. Sino para preguntarnos qué pueden volver a ser.

Tal vez algunos puedan transformarse en espacios públicos, otros puedan convertirse en centros culturales, deportivos, educativos o tecnológicos, algunos deban ser recuperados ambientalmente, otros tengan que conservarse simplemente porque también forman parte de nuestra historia.

No tengo todas las respuestas y justamente por eso escribo. Porque creo que estas preguntas no deberían quedar encerradas detrás de un expediente, un alambrado o una oficina. Deberían formar parte de una conversación mucho más grande.

Una conversación entre quienes vivimos acá.

“La ciudad nació de un pozo. Lo que hagamos con todo lo que ese pozo dejó construido a su alrededor, ya no depende solamente de una empresa ni de un gobierno.”

Depende también de nosotros, de nuestra capacidad para mirar. Para recordar. Para discutir. Para imaginar. Y, finalmente, para hacer.

Porque una ciudad no se define solamente por aquello que extrae de su territorio. También se define por lo que es capaz de construir con lo que tiene.

Y yo todavía creo que Comodoro puede construir muchísimo.

Quizás el verdadero desafío no sea preguntarnos qué queda cuando el petróleo se va.

Quizás la pregunta sea otra:

¿Qué queremos que quede de nosotros cuando esta etapa de nuestra historia termine?

Tags: historia localidentidad comunitariapasivos ambientalespatrimonio industrialpetroleoypf
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