El domingo 7 de diciembre de 2025, el termómetro marcaba 27°C y el viento —el clásico Kosten— brillaba por su ausencia. Para la mayoría, era el día perfecto para decir “¡Vamos a la playa!”. Sin embargo, para muchas familias de Comodoro Rivadavia y Rada Tilly, esa posibilidad sigue siendo un privilegio y no un derecho garantizado.
Así lo expresó Isabel Latorre, vecina quien trabaja por la accesibilidad y quien compartió un extenso y sentido mensaje sobre las barreras que impiden a personas con movilidad reducida —no solo quienes usan silla de ruedas, sino también quienes utilizan bastón, andador o padres que empujan cochecitos— disfrutar del mar como cualquier otro vecino.
Isabel señala que existen sectores cercanos a la ciudad que son verdaderos paisajes admirados y promocionados turísticamente, pero que no cuentan con accesos adecuados. En Comodoro, la presencia de piedras dificulta aún más la movilidad, mientras que en Rada Tilly existe una rampa de madera que, aunque útil, se instala principalmente para eventos deportivos, no como infraestructura permanente para los vecinos.
“Empezó la pelea porque todos tienen derecho a disfrutar la playa, no solo los que pagan impuestos allí”, recordó Isabel sobre los reclamos que comenzaron entre 2024 y 2025 y que lograron que la rampa se mantuviera instalada, aunque el desgaste del agua la deteriora con rapidez.
Ante eso, propone soluciones concretas: rampas de caucho, como las utilizadas en la playa de Rawson, que resisten el movimiento de la marea y evitan gastos reiterados.
Accesibilidad: un derecho, no una foto para la temporada
El reclamo no se limita a la infraestructura: también apunta a la falta de empatía y a acciones estacionales que no se sostienen en el tiempo.
“Los discapacitados no son para llenar colonias y sacarse fotitos. La silla anfibia no es un lujo, es la única posibilidad que tienen muchos de volver a sentir la sensación del agua”.
Isabel asegura que quienes pueden acceder al mar mediante sillas anfibias muestran sonrisas que hablan por sí solas, y recuerda que el disfrute del agua no ocurre sólo en verano: las necesidades existen todo el año.
En su relato, la vecina revela el impacto emocional que estas barreras generan en las familias:
“Una vez más tuve que ver la carita de decepción de Lorenzo. Una vez más vi la impotencia de mi hija, y en ellos vi a los que también sienten lo mismo”.
Para ella, es tiempo de dejar atrás la accesibilidad “para la foto” y avanzar hacia políticas sostenidas que incluyan a todos los habitantes de la región.







