En una ciudad donde cada vez más personas tienen dificultades para llevar el pan a la mesa, Gaston se convirtió en un faro de esperanza para muchos. Su historia, marcada por años de lucha contra las adicciones, hoy se dedica a repartir donaciones, cortar el pelo de manera solidaria y organizar actividades comunitarias junto a clubes e iglesias.
“Hace dos meses volví a nacer”, cuenta muy emocionado Gonzalo. Después de siete años consumiendo drogas y con la pandemia como un punto de quiebre, su vida parecía estar al borde del colapso. Sin embargo, encontró en la fe y en su comunidad una oportunidad de cambio real. “Busqué a Dios y Dios me salvó”, dice sin rodeos.
Hoy, con tres meses limpio de drogas, cigarrillos y alcohol, y habiendo retomado el deporte, dedica sus mañanas a recorrer la ciudad en su auto entregando bolsas de pan a personas en situación de vulnerabilidad. Las donaciones llegan gracias a gestos solidarios de comercios locales, como la panadería El Mago Lito, y del padre de su hermano, a quien reconoce como una figura paterna fundamental.
“Uno quiere salir adelante, pero a veces no te dejan. Yo esto lo hago de corazón. No quiero salir en ningún medio. Ayudar es ayudar, y si vos ayudás a uno, otro te ve y también empieza a ayudar. Eso cambia todo”, afirma.
Además de su labor en la calle, participa activamente en eventos solidarios organizados por el club Ferro, donde juega al fútbol, y la filial de Boca Juniors. Junto a ellos, organiza meriendas para chicos, cortes de pelo gratuitos y próximamente un festejo del Día del Niño en kilómetro cinco.
“Hoy puedo tener lo que tengo gracias a mi familia. Mi mamá me dio todo lo que no tuvo. Pude sanar. Hay mucha gente herida allá afuera. A veces una simple bolsa de pan y un abrazo hacen llorar a alguien. Eso es empatía, y es lo que más falta hoy”, reflexiona.
También forma parte de la iglesia Familia del Reino, ubicada en Aristóbulo del Valle, desde donde todos los viernes salen a repartir viandas y asistencia a quienes más lo necesitan, incluso en hospitales.
“Yo no quiero llevarte a la iglesia. Yo digo que a veces la iglesia está en tu propia casa, pero rodearte de personas buenas te ayuda. No se trata de religión, sino de sanar”, dice con humildad.
De manera abierta, comparte su número de teléfono para quienes deseen colaborar o necesiten ayuda:
2974723541.
“Dios pone en mi camino a la persona que necesita ayuda. Yo salgo, doy lo que tengo y lo hago con buena fe. Si fuéramos un poco más empáticos, la Argentina sería un país muy distinto.”
Con cada bolsa de pan, cada corte de pelo o cada abrazo, este joven construye un puente entre su pasado de dolor y un presente de transformación. Una historia real de lucha, fe y solidaridad que nos recuerda que siempre se puede volver a empezar.






